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Sala Vivaldi
Calle Llançà, 5 (detrás Pza. España) / Barcelona / España
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Miércoles, 02 de mayo 2012, a las 19 h.
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Invitada: Anna Rossell
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Presenta: Amàlia Sanchís
27 de abril de 2012
PARA ANNA GENOVÉS, MI ÚLTIMA SEGUIDORA, A MODO DE BIENVENIDA A NUESTRA TERTULIA
Etiquetas:
Anna Rossell: Novelas,
Bienvenidos seguidores
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Los domingos y fiestas de guardar íbamos a misa a la parroquia. No sabía muy bien por qué había que ir a la de las doce, pero era a la que había que ir. A esta hora la iglesia se ponía a rebosar y había que apretarse en las hileras de los bancos para que pudiéramos sentarnos todos. Aun así, en la parte trasera se aglomeraban los que no habían conseguido asiento o no habían querido conseguirlo para poder quedarse junto a la puerta y salir a fumar cuando les diera el apretón o a airearse cuando el sermón se hiciera demasiado largo. Casi todos los que se quedaban al fondo eran hombres. Las mujeres se las apañaban para colocarse siempre en buen lugar, sobre todo aquellas que querían lucir sus pieles o sus joyas, que eran la mayoría. Había en la disposición del público asistente una curiosa ordenación de mayor a menor en función de los abrigos de pieles y los sombreros y guantes que llevaban. Así las filas más cercanas al oficiante y al altar eran ocupadas por señoras y caballeros de la mejor sociedad cuya representación iba diluyéndose entre la medianía en sentido decreciente. Con frecuencia a los niños nos tocaba por vecina una de estas peripuestas señoronas, que eran nuestro entretenimiento en aquellas largas y aburridas sesiones que habían de garantizarnos el cielo. Mis ojos quedaban justo a la altura de las manos de los adultos, que descansaban en el apoyabrazos del reclinatorio de delante. A mi lado el color rojo brillante del esmalte de uñas atraía aún más la mirada hacia lo que ya de por sí era todo un espectáculo: un muestrario de joyas cargadas de colgantes se aseguraba protagonismo con su insistente tintineo cada vez que había que persignarse, o cuando, en verano, la mano abría o cerraba repetidamente el abanico. Aún recuerdo el susto mayúsculo y la repulsión que experimenté la primera vez que, al levantar la vista, vi una pequeña cabeza de animal y unas patitas colgando de una estola de piel a un lado y a otro del cuello de una de aquellas mujeres. Pasado el tiempo, cuando en los cines estrenaron la película 101 dálmatas, sabría que aquellos personajes habían de estar directamente emparentados con Cruela de Vil.
Los domingos y fiestas de guardar íbamos a misa a la parroquia. No sabía muy bien por qué había que ir a la de las doce, pero era a la que había que ir. A esta hora la iglesia se ponía a rebosar y había que apretarse en las hileras de los bancos para que pudiéramos sentarnos todos. Aun así, en la parte trasera se aglomeraban los que no habían conseguido asiento o no habían querido conseguirlo para poder quedarse junto a la puerta y salir a fumar cuando les diera el apretón o a airearse cuando el sermón se hiciera demasiado largo. Casi todos los que se quedaban al fondo eran hombres. Las mujeres se las apañaban para colocarse siempre en buen lugar, sobre todo aquellas que querían lucir sus pieles o sus joyas, que eran la mayoría. Había en la disposición del público asistente una curiosa ordenación de mayor a menor en función de los abrigos de pieles y los sombreros y guantes que llevaban. Así las filas más cercanas al oficiante y al altar eran ocupadas por señoras y caballeros de la mejor sociedad cuya representación iba diluyéndose entre la medianía en sentido decreciente. Con frecuencia a los niños nos tocaba por vecina una de estas peripuestas señoronas, que eran nuestro entretenimiento en aquellas largas y aburridas sesiones que habían de garantizarnos el cielo. Mis ojos quedaban justo a la altura de las manos de los adultos, que descansaban en el apoyabrazos del reclinatorio de delante. A mi lado el color rojo brillante del esmalte de uñas atraía aún más la mirada hacia lo que ya de por sí era todo un espectáculo: un muestrario de joyas cargadas de colgantes se aseguraba protagonismo con su insistente tintineo cada vez que había que persignarse, o cuando, en verano, la mano abría o cerraba repetidamente el abanico. Aún recuerdo el susto mayúsculo y la repulsión que experimenté la primera vez que, al levantar la vista, vi una pequeña cabeza de animal y unas patitas colgando de una estola de piel a un lado y a otro del cuello de una de aquellas mujeres. Pasado el tiempo, cuando en los cines estrenaron la película 101 dálmatas, sabría que aquellos personajes habían de estar directamente emparentados con Cruela de Vil.
Colocarse en el
último tercio de la zona de los bancos tenía sus ventajas. Al terminar la misa
papá era de los primeros en salir, mientras que mamá se detenía a saludar a
conocidos y vecinos. Yo me alegraba de poder seguir a papá hacia la libertad.
Fuera me sentía más segura y observaba en la distancia la puesta en escena
final del espectáculo: el mosén rector de la parroquia, que era quien celebraba
la misa de las doce, se había quitado en un santiamén el alba y en traje de
faena, su sotana negra, ya estaba plantado en la salida con el cepillo apoyado
en su orondo barrigón, dando la mano con sonrisa remilgada, saludando y
despidiendo a sus queridos feligreses, más o menos queridos, según. Recuerdo el
especial aprecio que le tenía el mosén a nuestra vecina, la señora Mistral. La
señora Mistral vivía justo en el piso de encima del nuestro. Pasaba largas
temporadas fuera, en su otra casa de no recuerdo qué ciudad. Que yo supiera, no
era viuda, tenía marido, aunque éste debía de estar muy ocupado porque nunca
aparecía por allí. La señora Mistral era una de aquellas feligresas a las que
el mosén quería mucho. No estaba en el barrio el año entero, pero cuando
estaba, estaba, y compensaba con creces sus prolongadas ausencias. Era además
una de esas almas caritativas que cumplían con lo que había que cumplir:
presidía la mesa de acción católica cuando se recogían limosnas para los pobres
negritos de África y hacía entrega de los regalos de reyes a los niños del
hospicio, a los que besaba en un gesto de magnánima caridad. Era verdad, salía
en las fotos de la hoja dominical. Hasta tal punto era buena que no nos extrañó
nada que un buen día apareciera por casa con una niña del Cottolengo, el
conocido orfanato de Barcelona, a la que había adoptado. A mí me sorprendió
mucho el aspecto humilde de la niña. Lo de la adopción significaba que era su
hija, ¿no? Pues debía de ser que no, porque en general una madre rica tiene una
niña rica y una madre pobre tiene una niña pobre. Algo no encajaba en todo
aquello, pero ya se sabe que el mundo de los adultos no se acaba de entender.
Poco después entendí un poco más cuando mamá comentó que nos había invitado
precisamente a nosotras a jugar con la niña porque a nosotras nos tenía por más
cercanas a la categoría de la huérfana que a las chicas del cuarto primera, que
eran más o menos de nuestra misma edad, a las que, sin embargo, ni se le había
pasado por la cabeza molestar. Por edad era yo la que le correspondía a la niña
adoptada, pero no recuerdo haber jugado nunca más con ella ni tampoco haberla
visto ninguna otra vez. Más tarde pensé que probablemente a la señora Mistral
la niña no le había parecido lo suficientemente digna de su benevolencia,
porque de todo lo que nos contó comprendí que la tenía como en período de
prueba, o algo así.
(Fragmento de
la novela de Anna Rossell, Aquellos años
grises (España 1950-1975), Primera parte, pp. 109-110).
Para adquirir mis libros consulta la etiqueta: Anna Rossell: Adquirir mis libros.
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