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27 de abril de 2012

PARA ANNA GENOVÉS, MI ÚLTIMA SEGUIDORA, A MODO DE BIENVENIDA A NUESTRA TERTULIA

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          Los domingos y fiestas de guardar íbamos a misa a la parroquia. No sabía muy bien por qué había que ir a la de las doce, pero era a la que había que ir. A esta hora la iglesia se ponía a rebosar y había que apretarse en las hileras de los bancos para que pudiéramos sentarnos todos. Aun así, en la parte trasera se aglomeraban los que no habían conseguido asiento o no habían querido conseguirlo para poder quedarse junto a la puerta y salir a fumar cuando les diera el apretón o a airearse cuando el sermón se hiciera demasiado largo. Casi todos los que se quedaban al fondo eran hombres. Las mujeres se las apañaban para colocarse siempre en buen lugar, sobre todo aquellas que querían lucir sus pieles o sus joyas, que eran la mayoría. Había en la disposición del público asistente una curiosa ordenación de mayor a menor en función de los abrigos de pieles y los sombreros y guantes que llevaban. Así las filas más cercanas al oficiante y al altar eran ocupadas por señoras y caballeros de la mejor sociedad cuya representación iba diluyéndose entre la medianía en sentido decreciente. Con frecuencia a los niños nos tocaba por vecina una de estas peripuestas señoronas, que eran nuestro entretenimiento en aquellas largas y aburridas sesiones que habían de garantizarnos el cielo. Mis ojos quedaban justo a la altura de las manos de los adultos, que descansaban en el apoyabrazos del reclinatorio de delante. A mi lado el color rojo brillante del esmalte de uñas atraía aún más la mirada hacia lo que ya de por sí era todo un espectáculo: un muestrario de joyas cargadas de colgantes se aseguraba protagonismo con su insistente tintineo cada vez que había que persignarse, o cuando, en verano, la mano abría o cerraba repetidamente el abanico. Aún recuerdo el susto mayúsculo y la repulsión que experimenté la primera vez que, al levantar la vista, vi una pequeña cabeza de animal y unas patitas colgando de una estola de piel a un lado y a otro del cuello de una de aquellas mujeres. Pasado el tiempo, cuando en los cines estrenaron la película 101 dálmatas, sabría que aquellos personajes habían de estar directamente emparentados con Cruela de Vil.

          Colocarse en el último tercio de la zona de los bancos tenía sus ventajas. Al terminar la misa papá era de los primeros en salir, mientras que mamá se detenía a saludar a conocidos y vecinos. Yo me alegraba de poder seguir a papá hacia la libertad. Fuera me sentía más segura y observaba en la distancia la puesta en escena final del espectáculo: el mosén rector de la parroquia, que era quien celebraba la misa de las doce, se había quitado en un santiamén el alba y en traje de faena, su sotana negra, ya estaba plantado en la salida con el cepillo apoyado en su orondo barrigón, dando la mano con sonrisa remilgada, saludando y despidiendo a sus queridos feligreses, más o menos queridos, según. Recuerdo el especial aprecio que le tenía el mosén a nuestra vecina, la señora Mistral. La señora Mistral vivía justo en el piso de encima del nuestro. Pasaba largas temporadas fuera, en su otra casa de no recuerdo qué ciudad. Que yo supiera, no era viuda, tenía marido, aunque éste debía de estar muy ocupado porque nunca aparecía por allí. La señora Mistral era una de aquellas feligresas a las que el mosén quería mucho. No estaba en el barrio el año entero, pero cuando estaba, estaba, y compensaba con creces sus prolongadas ausencias. Era además una de esas almas caritativas que cumplían con lo que había que cumplir: presidía la mesa de acción católica cuando se recogían limosnas para los pobres negritos de África y hacía entrega de los regalos de reyes a los niños del hospicio, a los que besaba en un gesto de magnánima caridad. Era verdad, salía en las fotos de la hoja dominical. Hasta tal punto era buena que no nos extrañó nada que un buen día apareciera por casa con una niña del Cottolengo, el conocido orfanato de Barcelona, a la que había adoptado. A mí me sorprendió mucho el aspecto humilde de la niña. Lo de la adopción significaba que era su hija, ¿no? Pues debía de ser que no, porque en general una madre rica tiene una niña rica y una madre pobre tiene una niña pobre. Algo no encajaba en todo aquello, pero ya se sabe que el mundo de los adultos no se acaba de entender. Poco después entendí un poco más cuando mamá comentó que nos había invitado precisamente a nosotras a jugar con la niña porque a nosotras nos tenía por más cercanas a la categoría de la huérfana que a las chicas del cuarto primera, que eran más o menos de nuestra misma edad, a las que, sin embargo, ni se le había pasado por la cabeza molestar. Por edad era yo la que le correspondía a la niña adoptada, pero no recuerdo haber jugado nunca más con ella ni tampoco haberla visto ninguna otra vez. Más tarde pensé que probablemente a la señora Mistral la niña no le había parecido lo suficientemente digna de su benevolencia, porque de todo lo que nos contó comprendí que la tenía como en período de prueba, o algo así.

(Fragmento de la novela de Anna Rossell, Aquellos años grises (España 1950-1975), Primera parte, pp. 109-110).

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26 de abril de 2012

PARA TONI AZNAR, MI ÚLTIMO SEGUIDOR

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Me enteré por Irene de que habían detenido a Gabriel. Hacía días que no se le veía por la Facultad. Sucedía a menudo que las caras conocidas que protagonizaban las asambleas desaparecían por largos períodos. Rara vez se les veía en clase. Su actividad principal era la política sumergida y sus apariciones intermitentes tenían que ver con los gajes de la clandestinidad. Su vida transcurría a caballo entre Barcelona y Perpiñán, y más de uno pasaba temporadas en la cárcel. Sin embargo Gabriel trabajaba en la Seat; él no podía permitirse largas ausencias. Irene me puso al corriente de que Gabriel estaba involucrado en la organización sindical clandestina de la empresa y que la policía lo había ido a buscar en plena noche, lo había sacado de la cama y se lo había llevado detenido a la comisaría de la Vía Layetana. Las protestas por los dieciséis inculpados en el Proceso de Burgos habían endurecido la vigilancia. También supe por Irene que llevaba sólo algunos años en Cataluña. Su familia vivía en Almería. Su padre, Angel Morera, había sido alcalde de un pueblo de la zona republicana, en la provincia de Gerona, y Franco lo encarceló y finalmente lo desterró por ello a Almería, donde ejercía de profesor de instituto. Las nueve condenas a muerte de Burgos habían causado indignación sobre todo en el País Vasco y en Cataluña. Entre los acusados había dos curas y la Iglesia católica vasca se había puesto en pie de guerra contra el régimen, había apoyado las reivindicaciones a favor de la amnistía y había puesto sus locales a disposición de los grupos de la oposición clandestina para que pudieran reunirse y organizarse. Incluso habían redactado homilías, que habían mandado a las distintas diócesis para propagar su posición entre la gente de a pie. Aquello era un acto de valiente rebeldía en toda regla. La Iglesia empezaba a caerme bastante mejor, al menos una parte de ella. En Cataluña, hacía pocos días, se había encerrado un numeroso grupo de intelectuales y artistas en Montserrat para pedir también la amnistía y además el derecho a la autodeterminación. Me preguntaba de dónde sacaría Irene toda aquella información. Yo no me había enterado de nada. Que yo supiera, Irene y Gabriel se conocían de la Facultad, pero su relación no trascendía la esfera de lo meramente estudiantil.

(Fragmento de la novela de Anna Rossell, Aquellos años grises (España 1950-1975), pp. 118-119)

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25 de abril de 2012

PARA FRANCESC CORNADÓ, MI ÚLTIMO SEGUIDOR

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          Corría el año 1970 cuando me matriculé en la Universidad de Barcelona con la ilusión acumulada por la frustración de las expectativas que había albergado un año atrás al dejar mi colegio de monjas y comenzar el curso preuniversitario. Me resistía a arrastrar conmigo a la Universidad el desencanto que había experimentado a los pocos meses de iniciar mi experiencia en el instituto. Me empeñaba en que los estudios superiores habían de ser otra cosa y la institución universitaria se me antojaba la panacea contra todos los males públicos y privados. Aunque emprendía aquella travesía prácticamente sola –de todos mis amigos sólo Alicia y otra compañera del colegio coinci-díamos en la misma Facultad- yo me prometía a partir de aquel momento la entrada en un mundo excelso en el que el encuentro y la comunión de las almas afines corrían parejos a la excelencia del cultivo espiritual. 

 Conocí a Irene una tarde de enero en el bar de Letras. Letras era el nombre abreviado que le dábamos todos a nuestra Facultad. Era un día plomizo y desapacible de los que yo aprovechaba para trabajar en la biblioteca. Llevaba un buen rato leyendo y tenía la cabeza embotada y espesa. Decidí hacer una pausa e ir a estirar las piernas y a fumar un cigarrillo mientras me ponía el cuerpo a tono con un café con leche muy caliente. En una de las mesas del fondo vi a Julián, uno de los pocos compañeros de curso con los que había establecido una relación personal. Estaba enfrascado en lo que a todas luces era una acalorada discusión con una chica rubia, de cabello largo y liso, que lo miraba fijamente con ojos vivos y desafiantes. Se me habían terminado los cigarrillos y el dinero no me alcanzaba más que para el café con leche, por lo que me acerqué a Julián a pedirle que me diera uno. Me planté delante de los dos y tardé unos segundos en decidirme a interrumpir lo que era una reflexión filosófica en toda regla sobre La náusea de Sartre. Julián le reprochaba al autor francés no considerar en ningún momento la dimensión social del ser humano y afirmaba con la rotundidad de una convicción sin fisuras que el buscado aislamiento y la obsesión analítica de su protagonista, Antoine de Roquentin, se debían en realidad no tanto a una honrada actitud reflexiva ante la propia existencia, como a la arrogancia y al infinito complejo de superioridad de su persona, que proporcionaban a Roquentin la distancia necesaria para su absurda y egoísta manía de observación. Julián se interrumpió en seco y levantó los ojos al percatarse de que su amiga había desviado la mirada hacia el gesto de mi mano, que señalaba la cajetilla de Ducados. Al verme Julián asintió con la cabeza y me invitó a sentarme, pero ellos ya no reanudaron el hilo de sus disquisiciones. Hasta que terminé de fumarme el cigarrillo charlamos sobre la convocatoria de asamblea del día siguiente y sobre la probabilidad de que la policía ordenara cerrar la Facultad, como ya había hecho en otras ocasiones. Nos levantamos, subimos las escaleras que conducían al claustro, ahora solitario y frío, y nos despedimos mientras Irene se encasquetaba su boina negra hasta las cejas y se envolvía con la bufanda el cuello y la nariz. Mientras me encaminaba hacia la biblioteca pensé que nunca había entendido el personaje de Roquentin y que ya cuando leí la novela de Sartre me pregunté cómo casaban las tesis que emanaban de su indudablemente admirado protagonista con su marxismo y su compromiso social.

(Anna Rossell, Aquellos años grises (España 1950-1975), Segunda parte, pp. 103-104).
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Portada de Aquellos años grises (España 1950-1975),
Diseño de portada: Gerard Ávila
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CÓMO ADQUIRIR MIS LIBROS
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1) Librería Altaïr, de BARCELONA: Gran Vía de les Corts Catalanes, 616 (entre C./ Balmes y Rbla. de Cataluña), 08007 Barcelona, Tel. (34) 933427171, Fax (34) 933427178, Horario de lunes a sábado: 10:00 - 20:30 h, Correo-e: http://www.altair.es/.
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2) Librería Laie, de BARCELONA, C./ Pau Clarís, 85, Tel. 933181739
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3) Librería Library (Lili), de EL MASNOU (BARCELONA) (pasaje delante del quiosco de prensa, ante la estación de Ocata)
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4) Librería Altaïr, de MADRID: C./ Gaztambide, 31 (entre C./ Alberto Aguilera y Princesa), 28015 Madrid, Tel. 915435300, Fax 915443498, Correo-e: altair.m@altair.es
Horario de lunes a viernes: 10:00-14:00 h i 16:30-20:30 h, sábado: 10:30-14-30 h
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5) Librería Primado, de VALENCIA, Avda. Primado Reig, 102, Tel. 963616064 (Miguel Morata)
Correo-e: libreriaprimado@hotmail.com
libreriaprimado.blogspot.com

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6) Librería Céfiro, de SEVILLA, C./ Virgen de los Buenos Libros, 1, 41002 SEVILLA, Tel. y Fax: 954 215 883, Correo-e: cefiro@cefiro-libros.com (Luis)
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7) Librería La Fuga, de SEVILLA, C./ Conde de Torrejón, 4 (al final de la C./ Amor de Dios), Alameda de Hércules, 41003 SEVILLA, Tel.: 954 382 340, Correo-e: lafuga@nodo50.org (Luis)
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8) Editorial ACEN, de CASTELLÓN: www.acencs.org
Correo-E: info@acencs.org
Tel.: 662606550
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9) Librería Argot, de CASTELLÓN, C./ San Vicente, 16, 12002 Castelló de la Plana,
Tel.: 964 250 498, Fax: 964 240 368, Correo-e: argot@argot.es
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LISTA DE PRECIOS:

Mi viaje a Togo (Libro de viajes) 18,50 Euros

La ferida en la paraula (poemario) 12 Euros

Mondomwouwé (novela) 12 Euros

Quadern malià / Cuaderno de Malí (poemario) 12 Euros

Aquellos años grises (España 1950-1975) -novela- 14 Euros

Álbum d'Absències -poemario- 12,50 Euros

8 de abril de 2012

PARA JOAQUÍN DOLDAN, CARLOS ALBERTO Y DANTE LINARES DÍAZ, MIS TRES ÚLTIMOS SEGUIDORES. GRACIAS

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Mis monjas eran también mis profesoras. Lo fueron siempre hasta que comencé el cuarto curso de bachillerato, a los catorce años. Hasta entonces ellas impartían todas las asignaturas, con excepción de la gimnasia. La gimnasia nos la daba una señora que no era monja. Vestía siempre un traje de chaqueta de cuadros negros y rojos, blusa blanca de cuello ajustadísimo abrochada hasta el último botón, que amenazaba con ahogarla, falda de tubo hasta la rodilla, medias finas y zapatos de tacón alto, y con este mismo atuendo nos explicaba los ejercicios leyéndolos directamente del libro y haciendo gestos. Levantaba la pierna correspondiente veinte centímetros del suelo y gesticulaba tímidamente con el brazo que le quedaba libre para darnos a entender su funcionamiento. Cuando había que arrodillarse o echarse sobre el suelo ella nos decía lo que debíamos hacer, sólo lo decía, y nosotras teníamos que poner aún algo más de nuestra propia imaginación para ejecutar debidamente todos los movimientos.
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          Nuestro uniforme de gimnasia era bastante estrafalario: blusa blanca de manga larga, falda de algodón azul eléctrico, bombachos de la misma tela y color, bambas blancas, calcetines blancos y cinta elástica roja para el cabello. Lo de los bombachos y la falda era para sustituir los pantalones, que sin embargo nos hubieran ahorrado parecer unas fantoches y bastante incomodidad. Pero llevar pantalones era muy moderno. Y ya se sabía que moderno quería decir muchas cosas y casi nunca buenas. La clase de gimnasia se limitaba estrictamente a eso, a pesar de que en un rincón de nuestro patio había una pista con dos canchas de baloncesto, que nadie usaba.
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          En el cuarto curso se produjo algo parecido a un milagro. Nos cambiaron la profesora de gimnasia. En su lugar teníamos a otra más joven, que consideraba la gimnasia sólo como una parte de la Educación Física, que era el nombre oficial que recibía aquella materia en el boletín de notas. A partir de entonces Educación Física significó, además, un deporte, que en general era baloncesto y a veces también balonmano. Nos enseñó las reglas y jugábamos. Cuando había partido, ella ejercía de árbitro, pero para enseñarnos jugaba con nosotras y llevaba pantalones de espuma ajustados y una camiseta ancha. Aquella novedad era una revolución y, como era de esperar, las monjas la emprendieron a la contra, pero la nueva profesora era una mujer muy decidida, convencida de lo que hacía y de fuerte voluntad y pudo con el conato contrarrevolucionario de las monjas. Finalmente se impuso, lo cual era una demostración palpable de que había que tomar en serio su asignatura y su persona. Lamentablemente su asignatura no se limitaba a la Educación Física y su persona tampoco, también nos daba otra Educación: la de la Formación del Espíritu Nacional, y ahí no era tan deseable la voluntad férrea y la firme convicción que manifestaba su carácter. La tal profesora resultó ser una indiscutible militante de la Sección Femenina y, no contenta con serlo ella, se había propuesto firmemente la heroica cruzada de ganar adeptas sacándole partido al aire moderno que le daba a toda su actuación. Tenía verdadera vocación de educadora. Otra vez a vueltas con la modernidad, para ella la palabra significaba algo parecido a lo de las charlas postconciliares del cura simpático, pero de verdad. De verdad significaba que ponía a discusión pública y abierta los conceptos fundamentales del Espíritu Nacional que hicieran falta: la familia, el municipio y el sindicato, y conseguía impulsar en el grupo una verdadera discusión –verdadera por la intensidad del acaloramiento-, que siempre ganaba ella con su pasión, sus implacables afirmaciones y la superioridad de argumentación que le confería la ventaja de sus años y lo previsible de nuestras cándidas intervenciones. El Movimiento Nacional era una Democracia Orgánica porque en las Cortes estaban representados democráticamente los tres pilares básicos que sustentaban el Movimiento, que lo era todo, porque el Movimiento era España. Había un diputado por cada uno de esos pilares, así teníamos el diputado del tercio familiar, el del tercio del municipio y el del tercio del sindicato. El sindicato estaba formado por obreros y empresarios, todos hermanados y a la una, como debe ser, bajo la égida del partido único, que era la Falange y que conducía a nuestra España a su gran misión de unidad de destino en lo universal, que había que defender encarnizadamente de la conspiración judeo-masónica de sus enemigos, que la amenazaban por todas partes. Ante la aplastante lógica de tal argumentación no teníamos más remedio que capitular. El broche de oro a la formación de nuestro espíritu nacional lo constituía un cancionero que, a modo de demostración práctica de nuestro destino uno, reunía canciones de todas las regiones de la piel de toro y reforzaba con sus textos la proyección única y universal de España:
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La mirada clara y lejos y la frente levantada,
voy por rutas imperiales caminando hacia Dios.
Quiero levantar mi Patria, un inmenso afán me empuja,
poesía que promete exigencia de mi honor.
Montañas nevadas, banderas al viento,
el alma tranquila, yo sabré vencer.
Al cielo se alza la firme promesa
hasta las estrellas que encienden mi fe.
José Antonio es mi guía y bendice Dios mi esfuerzo;
cinco flechas florecidas quieren alzarse hacia Dios.
Renovando y construyendo forjaré la nueva historia;
de la entraña del pasado nace mi Revolución.
*
Las Montañas nevadas, con su ímpetu militar, preparaban nuestros ánimos para seguir:
*
En pie, camaradas, y siempre adelante,
cantemos el himno de la juventud,
el himno que canta la España gigante
que sacude el yugo de la esclavitud.
De Isabel y Fernando el espíritu impera,
moriremos besando la sagrada bandera.
Nuestra España gloriosa nuevamente ha de ser
la nación poderosa que jamás dejó de vencer.
El sol de justicia de una nueva era
radiante amanece en nuestra nación.
Ya ondea en el viento la pura bandera
que ha de ser el signo de la redención.
Con el brazo extendido y la frente elevada
trabajemos unidos en la empresa sagrada.
La bandera sigamos que nos lleve a triunfar
y sobre ella juremos no parar hasta conquistar.  
*
          Una vez al año las monjas nos llevaban de excursión. Era una salida de un solo día y en el viaje de ida y vuelta, en el autocar, dábamos rienda suelta a nuestro espíritu nacional repasando el cancionero de arriba abajo:
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Prietas las filas, recias, marciales,
nuestras escuadras van.
Cara al mañana que nos promete
Patria, Justicia y Pan.
Mis camaradas fueron a luchar,
el gesto alegre y firme el ademán.
La vida a España dieron al morir,
hoy, grande y libre, nace para mí.
Lánzate al cielo, Flecha de España,
que un blanco has de encontrar.
Busca el imperio que ha de llevarte
por cielo, tierra y mar.
Ya las banderas cantan victoria
al paso de la paz.
Ya han florecido, rojas y frescas,
las rosas de mi haz.
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Y, cuando aquella música marcial había obrado las consiguientes maravillas, culminábamos nuestro despliegue de nacionalismo con el Cara al Sol. Nos esperaba como recompensa la cena en casa y un sueño reparador con la conciencia tranquila del deber cumplido.
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(De la novela: Anna Rossell, Aquellos años grises (España 1950-1975), Ed. ACEN, Primera parte, pp. 75-79)
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          El año del instituto me había enseñado que en España las actividades docentes no eran más interesantes por el mero hecho de no estar organizadas por monjas. Yo había bajado de la nube, me había dado un baño de realismo y había aprendido lo que seguro era obvio para cualquiera que tuviera dos dedos de frente y un ápice de habilidad para la reflexión: que el franquismo se extendía mucho más allá de las paredes de mi colegio, que era un mal que lo impregnaba todo, que lo había ocupado todo, el aire que se respiraba en las calles y en las plazas, que sus dominios llegaban mucho más allá de la Calle Diputación y del ensanche, que no había puertas que le pusieran freno y se colaba por los resquicios más finos de las paredes, en los institutos, en la Universidad y en los domicilios particulares -¡No tendrás otros Dioses aparte de mí!-, que había colonizado las almas de casi todo el mundo. La Facultad se debatía entre el aburrimiento mortal y la agitación política y yo andaba perdida entre uno y otra sin encontrar mi lugar ni mi razón. Las asambleas multitudinarias, que terminaban siempre en convocatoria de huelga estudiantil, eran caóticas, nunca se podían celebrar del principio hasta el final, se interrumpían al poco rato, la policía nos mandaba dispersarnos, desalojaba la Facultad, y acababan siempre en la calle con carreras, cargas policiales y detenciones. Aquella fue la tónica de mi primer curso universitario. Las intermitencias en lo intelectual y en lo político no propiciaban ni mi integración ni mi interés en nada y, aunque en mi curso había dos compañeras de mi antigua escuela, nuestra relación aquel año quedó diluida entre el ingente número de estudiantes matriculados, la desorientación generalizada y la suspensión frecuente de las clases. Sin embargo en torno a la inquietud y la vitalidad propia de aquellos años algo empezó a fraguar que incentivó mi conocimiento de otros estudiantes y suscitó mi admiración por algunos profesores. Ellos, y no los libros, me enseñaron con su actitud que hay espíritus que no se doblegan ante ninguna dictadura, que conservan la dignidad y la defienden contra viento y marea, la propia dignidad y la de otros, que su modo de ser y de actuar da sentido a la vida, el único, en un erial donde todos y todo parece haber sucumbido al efecto arrasador de una tempestad.
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          Aquel curso se resintió también la intensidad emocional que me unía a mis amigos del colegio salesiano de la calle de Rocafort. Tomás y Esther empezaban sus respectivas carreras de historia y de química en la Universidad Autónoma, Gonzalo se decantó por ingeniería técnica en la Escuela Industrial y Abel entró a trabajar en una editorial con un contrato de jornada completa, lo que le mantenía ocupado de la mañana a la noche. Como grupo seguíamos encontrándonos muchos domingos por la mañana para ir a misa  a la iglesia de la Vía Augusta donde sintonizábamos con el cura y el ambiente antifranquista que se respiraba y nos juntábamos otra vez al atardecer en la Plaza de la Catedral para bailar sardanas, pero los fuertes nexos que nos habían unido en nuestro despertar a la vida independiente de las respectivas familias comenzaron a ceder para diluirse en el nuevo contexto de cada uno y cristalizar finalmente en trayectorias distintas. 
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(De la novela: Anna Rossell, Aquellos años grises (España, 1950-1975), Ed. ACEN, 2012, Segunda parte, pp. 107-109)
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Portada de la novela Aquellos años grises (España 1950-1971)
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Resumen del contenido:
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Aquellos años grises (España, 1951-1975) es la historia de una niña de clase media que crece en un barrio del ensanche de la Barcelona de la posguerra y despierta a la conciencia político-social en los conflictivos años sesenta del siglo pasado. La acción de la novela se desarrolla desde los primeros años cincuenta del siglo XX hasta la muerte de Franco. Dividida en dos partes y escrita en primera persona, la voz narradora de la niña relata su vida y el ambiente social de la burguesía barcelonesa con la fina ironía característica del género de la picaresca. Las dos partes vienen diferenciadas estilísticamente: mientras que la primera está caracterizada por un registro humorístico con el que la protagonista pasa revista crítica a su entorno más inmediato, la segunda adopta un tono serio, con el que se marca la toma de conciencia social y política de la joven mujer en que se ha convertido aquella niña.
La novela está salpicada de numerosos iconos sociopolíticos de la vida cotidiana de aquellos años, por lo que forma parte de la historia personal de más de una generación de españoles.

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CÓMO ADQUIRIR MIS LIBROS
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1) Librería Altaïr, de BARCELONA: Gran Vía de les Corts Catalanes, 616 (entre C./ Balmes y Rbla. de Cataluña), 08007 Barcelona, Tel. (34) 933427171, Fax (34) 933427178, Horario de lunes a sábado: 10:00 - 20:30 h, Correo-e: http://www.altair.es/.
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2) Librería Laie, de BARCELONA, C./ Pau Clarís, 85, Tel. 933181739
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3) Librería Library (Lili), de EL MASNOU (BARCELONA) (pasaje delante del quiosco de prensa, ante la estación de Ocata)
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4) Librería Altaïr, de MADRID: C./ Gaztambide, 31 (entre C./ Alberto Aguilera y Princesa), 28015 Madrid, Tel. 915435300, Fax 915443498, Correo-e: altair.m@altair.es
Horario de lunes a viernes: 10:00-14:00 h i 16:30-20:30 h, sábado: 10:30-14-30 h
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5) Librería Primado, de VALENCIA, Avda. Primado Reig, 102, Tel. 963616064 (Miguel Morata)
Correo-e: libreriaprimado@hotmail.com
libreriaprimado.blogspot.com

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6) Librería Céfiro, de SEVILLA, C./ Virgen de los Buenos Libros, 1, 41002 SEVILLA, Tel. y Fax: 954 215 883, Correo-e: cefiro@cefiro-libros.com (Luis)
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7) Librería La Fuga, de SEVILLA, C./ Conde de Torrejón, 4 (al final de la C./ Amor de Dios), Alameda de Hércules, 41003 SEVILLA, Tel.: 954 382 340, Correo-e: lafuga@nodo50.org (Luis)
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8) Editorial ACEN, de CASTELLÓN: www.acencs.org
Correo-E: info@acencs.org
Tel.: 662606550
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9) Librería Argot, de CASTELLÓN, C./ San Vicente, 16, 12002 Castelló de la Plana,
Tel.: 964 250 498, Fax: 964 240 368, Correo-e: argot@argot.es
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LISTA DE PRECIOS:

Mi viaje a Togo (Libro de viajes) 18,50 Euros

La ferida en la paraula (poemario) 12 Euros

Mondomwouwé (novela) 12 Euros

Quadern malià / Cuaderno de Malí (poemario) 12 Euros

Aquellos años grises (España 1950-1975) -novela- 14 Euros

6 de abril de 2012

PARA ELOY SÁNCHEZ, MI ÚLTIMO SEGUIDOR, EN AGRADECIMIENTO

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Eloy, muchísimas gracias por tu interés. Bienvenido a nuestra tertulia. Espero tus observaciones y comentarios. Ahí va el comienzo de mi última novela, Aquellos años grises (España 1950-1975), Ed. ACEN, 2012, que aún no ha salido a la venta, pero que ya está en la editorial.
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          Tampoco esta vez nos habían dejado el coche en el garaje Diana. Eran las terceras Navidades que mi hermana había deseado el regalo de sus sueños. El coche hubiera dado a nuestra familia en un periquete el mismo rango de la familia vecina. Bueno, no el mismo, incluso superior; mi hermana se pedía un Jaguar rojo y los del cuarto primera tenían un Seat 1400. Pero entre el montón de juguetes no había ningún cartel que anunciara que el Jaguar nos esperaba en el garaje de la esquina. Veía la desilusión pintada en la cara de Natalia y me preguntaba cómo podía ser tan inocente y creerse aún a pies juntillas el bulo de los reyes magos, siendo como era ella tres años mayor que yo. Desde luego no iba a ser yo quien la hiciera bajar de la nube. Hasta que nuestra hermana pequeña se hubiera puesto en la edad de escribir a sus majestades de oriente se nos hubiera cortado el suministro y no era cosa de arriesgarnos a que esto sucediera. Había que seguir manteniendo el chollo mientras se pudiera. La pobre hasta se creía el cuento de que eran los reyes magos los que daban el rebajón a los turrones y al vino dulce que dejábamos en la mesita junto al belén la noche anterior y que eran sus camellos los que se bebían el agua del cubo que poníamos al pie del árbol. Mientras ella seguía ensimismada en su desgracia yo contemplaba aquella exposición de ilusiones entre el despliegue de papeles y cintas de colores desparramados por el suelo delante de la gran ventana del comedor por la que entraba a raudales la luz de la mañana: nuestra vieja cocinita recién pintada, los cacharros de aluminio, los vestidos nuevos para las muñecas viejas, la muñeca nueva con su vestido nuevo y una caja de Juegos Reunidos con los que mis padres se empeñarían en amenizarnos las tardes de los domingos cuando ellos no tuvieran nada mejor que hacer. Dos dos seis siete cinco uno dos. -¿Está Esther? El teléfono parecía de verdad, era igual que el que papá tenía en su despacho y tenía un cable de los modernos, de los enrollados en espiral, pero el mío no era negro.
 
          Los domingos y fiestas de guardar íbamos a misa a la parroquia. No sabía muy bien por qué había que ir a la de las doce, pero era a la que había que ir. A esta hora la iglesia se ponía a rebosar y había que apretarse en las hileras de los bancos para que pudiéramos sentarnos todos. Aun así, en la parte trasera se aglomeraban los que no habían conseguido asiento o no habían querido conseguirlo para poder quedarse junto a la puerta y salir a fumar cuando les diera el apretón o a airearse cuando el sermón se hiciera demasiado largo. Casi todos los que se quedaban al fondo eran hombres. Las mujeres se las apañaban para colocarse siempre en buen lugar, sobre todo aquellas que querían lucir sus pieles o sus joyas, que eran la mayoría. Había en la disposición del público asistente una curiosa ordenación de mayor a menor en función de los abrigos de pieles y los sombreros y guantes que llevaban. Así las filas más cercanas al oficiante y al altar eran ocupadas por señoras y caballeros de la mejor sociedad cuya represen-tación iba diluyéndose entre la medianía en sentido decreciente. Con frecuencia a los niños nos tocaba por vecina una de estas peripuestas señoronas, que eran nuestro entretenimiento en aquellas largas y aburridas sesiones que habían de garantizarnos el cielo. Mis ojos quedaban justo a la altura de las manos de los adultos, que descansaban en el apoyabrazos del reclinatorio de delante. A mi lado el color rojo brillante del esmalte de uñas atraía aún más la mirada hacia lo que ya de por sí era todo un espectáculo: un muestrario de joyas cargadas de colgantes se aseguraba protagonismo con su insistente tintineo cada vez que había que persignarse, o cuando, en verano, la mano abría o cerraba repetidamente el abanico. Aún recuerdo el susto mayúsculo y la repulsión que experimenté la primera vez que, al levantar la vista, vi una pequeña cabeza de animal y unas patitas colgando de una estola de piel a un lado y a otro del cuello de una de aquellas mujeres. Pasado el tiempo, cuando en los cines estrenaron la película 101 dálmatas, sabría que aquellos personajes habían de estar directamente emparentados con Cruela de Vil.  

          Colocarse en el último tercio de la zona de los bancos tenía sus ventajas. Al terminar la misa papá era de los primeros en salir, mientras que mamá se detenía a saludar a conocidos y vecinos. Yo me alegraba de poder seguir a papá hacia la libertad. Fuera me sentía más segura y observaba en la distancia la puesta en escena final del espectáculo: el mosén rector de la parroquia, que era quien celebraba la misa de las doce, se había quitado en un santiamén el alba y en traje de faena, su sotana negra, ya estaba plantado en la salida con el cepillo apoyado en su orondo barrigón, dando la mano con sonrisa remilgada, saludando y despidiendo a sus queridos feligreses, más o menos queridos, según. Recuerdo el especial aprecio que le tenía el mosén a nuestra vecina, la señora Mistral. La señora Mistral vivía justo en el piso de encima del nuestro. Pasaba largas temporadas fuera, en su otra casa de no recuerdo qué ciudad. Que yo supiera, no era viuda, tenía marido, aunque éste debía de estar muy ocupado porque nunca aparecía por allí. La señora Mistral era una de aquellas feligresas a las que el mosén quería mucho. No estaba en el barrio el año entero, pero cuando estaba, estaba, y compensaba con creces sus prolongadas ausencias. Era además una de esas almas caritativas que cumplían con lo que había que cumplir: presidía la mesa de acción católica cuando se recogían limosnas para los pobres negritos de África y hacía entrega de los regalos de reyes a los niños del hospicio, a los que besaba en un gesto de magnánima caridad. Era verdad, salía en las fotos de la hoja dominical. Hasta tal punto era buena que no nos extrañó nada que un buen día apareciera por casa con una niña del Cottolengo, el conocido orfanato de Barcelona, a la que había adoptado. A mí me sorprendió mucho el aspecto humilde de la niña. Lo de la adopción significaba que era su hija, ¿no? Pues debía de ser que no, porque en general una madre rica tiene una niña rica y una madre pobre tiene una niña pobre. Algo no encajaba en todo aquello, pero ya se sabe que el mundo de los adultos no se acaba de entender. Poco después entendí un poco más cuando mamá comentó que nos había invitado precisamente a nosotras a jugar con la niña porque a nosotras nos tenía por más cercanas a la categoría de la huérfana que a las chicas del cuarto primera, que eran más o menos de nuestra misma edad, a las que, sin embargo, ni se le había pasado por la cabeza molestar. Por edad era yo la que le correspondía a la niña adoptada, pero no recuerdo haber jugado nunca más con ella ni tampoco haberla visto ninguna otra vez. Más tarde pensé que probablemente a la señora Mistral la niña no le había parecido lo suficientemente digna de su benevolencia, porque de todo lo que nos contó comprendí que la tenía como en período de prueba, o algo así.
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Principio de mi última novela Aquellos años grises (España 1950-1975), Ed. ACEN, 2012, pp. 7-10.)

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Portada de la novel·la d'Anna Rossell, Aquellos años grises, Ed. ACEN, 2012
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Resumen del contenido:
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Aquellos años grises (España, 1951-1975) es la historia de una niña de clase media que crece en un barrio del ensanche de la Barcelona de la posguerra y despierta a la conciencia político-social en los conflictivos años sesenta del siglo pasado. La acción de la novela se desarrolla desde los primeros años cincuenta del siglo XX hasta la muerte de Franco. Dividida en dos partes y escrita en primera persona, la voz narradora de la niña relata su vida y el ambiente social de la burguesía barcelonesa con la fina ironía característica del género de la picaresca. Las dos partes vienen diferenciadas estilísticamente: mientras que la primera está caracterizada por un registro humorístico con el que la protagonista pasa revista crítica a su entorno más inmediato, la segunda adopta un tono serio, con el que se marca la toma de conciencia social y política de la joven mujer en que se ha convertido aquella niña.  
La novela está salpicada de numerosos iconos sociopolíticos y de la vida cotidiana de aquellos años, por lo que forma parte de la historia personal de más de una generación de españoles.
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CÓMO ADQUIRIR MIS LIBROS
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1) Librería Altaïr, de BARCELONA: Gran Vía de les Corts Catalanes, 616 (entre C./ Balmes y Rbla. de Cataluña), 08007 Barcelona, Tel. (34) 933427171, Fax (34) 933427178, Horario de lunes a sábado: 10:00 - 20:30 h, Correo-e: http://www.altair.es/.
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2) Librería Laie, de BARCELONA, C./ Pau Clarís, 85, Tel. 933181739
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3) Librería Library (Lili), de EL MASNOU (BARCELONA) (pasaje delante del quiosco de prensa, ante la estación de Ocata)
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4) Librería Altaïr, de MADRID: C./ Gaztambide, 31 (entre C./ Alberto Aguilera y Princesa), 28015 Madrid, Tel. 915435300, Fax 915443498, Correo-e: altair.m@altair.es
Horario de lunes a viernes: 10:00-14:00 h i 16:30-20:30 h, sábado: 10:30-14-30 h
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5) Librería Primado, de VALENCIA, Avda. Primado Reig, 102, Tel. 963616064 (Miguel Morata)
Correo-e: libreriaprimado@hotmail.com
libreriaprimado.blogspot.com

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6) Librería Céfiro, de SEVILLA, C./ Virgen de los Buenos Libros, 1, 41002 SEVILLA, Tel. y Fax: 954 215 883, Correo-e: cefiro@cefiro-libros.com (Luis)
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7) Librería La Fuga, de SEVILLA, C./ Conde de Torrejón, 4 (al final de la C./ Amor de Dios), Alameda de Hércules, 41003 SEVILLA, Tel.: 954 382 340, Correo-e: lafuga@nodo50.org (Luis)
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8) Editorial ACEN, de CASTELLÓN: www.acencs.org
Correo-E: info@acencs.org
Tel.: 662606550
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9) Librería Argot, de CASTELLÓN, C./ San Vicente, 16, 12002 Castelló de la Plana,
Tel.: 964 250 498, Fax: 964 240 368, Correo-e: argot@argot.es
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LISTA DE PRECIOS:

Mi viaje a Togo (Libro de viajes) 18,50 Euros

La ferida en la paraula (poemario) 12 Euros

Mondomwouwé (novela) 12 Euros

Quadern malià / Cuaderno de Malí (poemario) 12 Euros

Aquellos años grises (España 1950-1975) -novela- 14 Euros

PARA ERIK FERNÁNDEZ SÁNCHEZ, MI ÚLTIMO SEGUIDOR, EN AGRADECIMIENTO

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MARCEL
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Eran ya las ocho y las tres horas que llevaba trabajando no le habían cundido apenas nada: sólo había mezclado el cemento y puesto una hilera de ladrillos. Al paso que iba, tardaría siglos en levantar las paredes de la nueva habitación que pretendía construir, con la que se había propuesto ampliar la casa. Pero él sabía que le perdía la impaciencia. Su madre tenía razón cuando le recomendaba tomarse las cosas con calma. Entonces solía recordarle a menudo aquel proverbio tamberma "El camino que da más rodeos es el que conduce al objetivo". Su madre tenía siempre a punto un dicho para la ocasión. Además de los heredados de su propia familia kabyé, conocía muchos de otras etnias del norte, y hasta algunos de las del sur. Tenía especial predilección por aquellos tesoros de la filosofía popular, como ella decía que los llamaban los sabios morabitos, y una peculiar habilidad para aplicarlos en el momento y la situación adecuados. Gracias a la machaconería de su madre, él mismo se sabía ya una buena retahíla. A menudo aquel derroche de sabiduría tradicional lo sacaba de quicio, pero debía reconocer que a veces le venía bien recordar alguno de aquellos proverbios y que lo que de pequeño le provocaba un ataque de rebeldía mayúsculo ahora hasta le empezaba a parecer útil: "El dinero llega a quien sabe esperar", "Poco es mejor que nada", "La vace que llega primero es la que bebe el agua limpia", "Mejor comer tarde que pasar hambre", o bien aquel otro "Es la hierba que te ama la que crece en tu campo". Ése, si la memoria no le fallaba, era kabyé, y ése precisamente no lograba él entenderlo. Justamente la experiencia le enseñaba un día sí y otro también todo lo contrario: el campo estaba lleno de piedras y malas hierbas que había que arrancar y como por una maldición volvían a crecer de un año para otro. Sabía de qué hablaba, le costaba Dios y ayuda extirpar de las entrañas de la tierra aquellos hierbajos cada vez que había que preparar el campo para la siembra antes de que llegaran las lluvias. El que hubiera inventado aquel proverbio a buen seguro que no había cogido una azada en su vida. Ya le hubiera gustado a él que el dicho hubiera estado en lo cierto, entonces no hubiera tenido que dejarse la piel levantando montoncitos de tierra para el iñam, entonces el iñam hubiera crecido solo, o a lo mejor es que no era el iñam el que le amaba a él, sino al revés, eso debía de ser, claro. Colocó el último ladrillo que quedaba para terminar la hilera y retrocedió unos pasos para contemplar su obra.
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(Capítulo de mi novela: Mondomwouwé, Barcelona, 2011, pp. 154-157)
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Resumen de la novela:
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Mondomwouwé surgió a partir de una estancia de la autora en Togo (África occidental) en abril de 2004. Las vivencias que experimentó allí, así como las personas que conoció, sirven a la escritora de punto de partida para seguir desarrollando, en la ficción, la vida de cada uno de sus personajes. El conjunto, producto de las perspectivas de los diferentes actores que habitan la novela, arroja una visión panorámica de aquel pequeño país y de su gente. El estilo indirecto libre que caracteriza la novela permite al lector conocer desde dentro a cada personaje y hacerse una idea de la mentalidad, la sensibilidad o la brutalidad, la visión del mundo de cada uno de ellos, así como de las costumbres y la cultura de un país del que nuestro mundo poco sabe. La lectura de Mondomwouwé supone para el lector un viaje a aquél país africano. El libro se cierra con la viva sensación de haber estado allí.
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CÓMO ADQUIRIR MIS LIBROS
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1) Librería Altaïr, de BARCELONA: Gran Vía de les Corts Catalanes, 616 (entre C./ Balmes y Rbla. de Cataluña), 08007 Barcelona, Tel. (34) 933427171, Fax (34) 933427178, Horario de lunes a sábado: 10:00 - 20:30 h, Correo-e: http://www.altair.es/.
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3) Librería Library (Lili), de EL MASNOU (BARCELONA) (pasaje delante del quiosco de prensa, ante la estación de Ocata)
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4) Librería Altaïr, de MADRID: C./ Gaztambide, 31 (entre C./ Alberto Aguilera y Princesa), 28015 Madrid, Tel. 915435300, Fax 915443498, Correo-e: altair.m@altair.es
Horario de lunes a viernes: 10:00-14:00 h i 16:30-20:30 h, sábado: 10:30-14-30 h
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5) Librería Primado, de VALENCIA, Avda. Primado Reig, 102, Tel. 963616064 (Miguel Morata)
Correo-e: libreriaprimado@hotmail.com
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6) Librería Céfiro, de SEVILLA, C./ Virgen de los Buenos Libros, 1, 41002 SEVILLA, Tel. y Fax: 954 215 883, Correo-e: cefiro@cefiro-libros.com (Luis)
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7) Librería La Fuga, de SEVILLA, C./ Conde de Torrejón, 4 (al final de la C./ Amor de Dios), Alameda de Hércules, 41003 SEVILLA, Tel.: 954 382 340, Correo-e: lafuga@nodo50.org (Luis)
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8) Editorial ACEN, de CASTELLÓN: www.acencs.org
Correo-E: info@acencs.org
Tel.: 662606550
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9) Librería Argot, de CASTELLÓN, C./ San Vicente, 16, 12002 Castelló de la Plana,
Tel.: 964 250 498, Fax: 964 240 368, Correo-e: argot@argot.es
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LISTA DE PRECIOS:

Mi viaje a Togo (Libro de viajes) 18,50 Euros

La ferida en la paraula (poemario) 12 Euros

Mondomwouwé (novela) 12 Euros

Quadern malià / Cuaderno de Malí (poemario) 12 Euros

Aquellos años grises (España 1950-1975) -novela- 14 Euros

14 de febrero de 2012

PRESENTACIÓN DE MI ÚLTIMA NOVELA "MONDOMWOWÉ"

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(Catalán)

DESCRIPCIÓ:

46 personatges protagonitzen aquesta novel·la, l’acció de la qual està situada en una ciutat al nord de Togo (Àfrica occidental). Vuit personatges –Clarisse, Séverin, Thérèse, Samuel, Jérémie, Marcel, Christine, Louis i la veu d’una narradora estrangera, són el grup de protagonistes principals, a través dels quals el lector / la lectora anirà participant en l’esdevenir del país i del transcurs de la vida quotidiana dels seus habitants. L’ample ventall de personatges, que reuneix una palestra de caràcters, edats, gèneres i sensibilitats diferents, permet al lector / a la lectora de fer-se una idea diferenciada i matisada dels fets i les situacions. Estilísticament la novel·la fa ús de la tècnica perspectivista i és un calidoscopi de nou veus narradores, monòlegs interiors que s’alternen i permeten de conèixer vides, sentiments, opinions i punts de mira diferents, sovint contrastats amb anotacions del diari de viatge que escriu l’estrangera i que serveixen de contrapunt.
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(Español)

DESCRIPCIÓN:

46 personajes pueblan esta novela, cuya acción se sitúa en una ciudad al norte de Togo (África occidental). Ocho de ellos –Clarisse, Séverin, Thérèse, Samuel, Jérémie, Marcel, Christine, Louis y la voz de una narradora extranjera-, constituyen el grupo de protagonistas principales, a través de los cuales el lector irá participando del devenir del país y de cómo transcurre la vida cotidiana de sus habitantes. El amplio abanico de personajes, que reúne una palestra de caracteres, edades, géneros y sensibilidades diferentes, permite al lector hacerse una idea diferenciada y matizada de los hechos y las situaciones. Estilísticamente la novela desarrolla una técnica perspectivista y es un calidoscopio de nueve voces narradoras, monólogos interiores que se alternan y permiten conocer vidas, sentimientos, opiniones y puntos de vista distintos, a menudo contrastados con anotaciones del diario de viaje que escribe la extranjera y sirven de contrapunto.
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PRESENTACIÓ DE LA NOVEL·LA Mondomwowé, D'ANNA ROSSELL
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Dimarts 7 de Febrer 2012, Llibreria Altaïr

per Pilar Escriche

En la carta, Togo està a 6º 7’ 0’’N/1º 13’ 0’’E; no em puc perdre. A més, de nit, mirant el cel per sobre del pal i la vela major fins i tot podria veure el triangle d’estiu, amb les estrelles Vega, Deneb i Altaïr. Segur que aquesta última seria un bon punt de referència pel meu viatge.

Però el meu càlcul en les coordenades, el faig sobre una carta imaginària perquè no és per navegar que la necessito aquesta vegada sinó per situar-me d’una manera diferent en un país de l’Àfrica negra que no conec.

Vull orientar-me en el Togo de l’Anna. I crec que ho faré, amb ella que viu les coses amb tanta intensitat.

Vull saber on és i com és el món que es descriu en colors i en blanc i negre en el seu llibre. Vull saber què hi ha darrera del títol misteriós de Mondomwowé.

Primer de tot intento atansar-m’hi a través de la forma que té el text. Per un costat, entrem en el seu diari de Togo on jo hi recupero l’Anna observadora. Per l’altre, participem d’una immersió en el paisatge humà d’aquest país africà a través de les veus de 8 dels seus pobladors. Per mi això és nou. És com si haguéssim barrejat el quadern de bitàcola amb totes les observacions de vents i corrents que ens fan abatre o avançar i per l’altra banda els apunts i esboços plens de color i pinzellades que l’artista convidat a bord fa de la gent que va trobant en els ports. Dues visions diferents: la de la realitat objectiva filtrada pel jo i la de l’imaginació, o potser són la mateixa realitat? En el diari segueixo a l’autora en la seva mirada intel·ligent i aguda i la seva veu a voltes innocent, a voltes crítica que ja conexia; per escoltar, de cop, la veu punyent i la mirada, a voltes rebel, a voltes esperançadora de vuit personatges que desconeixia. L’existència d’aquests ja estava latent en el diari però ara es fa present amb noms i gestos i amb més o menys predileccions per part de la narradora. M’adono que en el seu moment autora i personatges es van mirar mutuament i ara es retroben per mirar-se amb més calma, des d’una altra distància. Els seus personatges han après a plantar cara i a fer confessions, ara que l’Anna els ha donat una veu de ficció.

Així doncs, a través de la forma de Mondomwowé m’he anat situant a Togo. A poc a poc vaig entrecreuant totes les perspectives que se m’ofereixen. Comprovo que situar-se en el món, en el viatge, és sumar visions diferents i fer-se una reconstrucció del lloc, on hi entren la realitat i la ficció.

I quines són aquestes perspectivas que he copsat a Mondomwowé?

La idea de futur. Que diferents les esperances de futur de la Cristine, o d’en Samuel, fins i tot la dels seus pares, de les d’en Séverin, per exemple. Al començament veiem a la Cristine com una nena encara, jugant mig d’amagat amb una nina esparrecada. Creix i es fa dona, i es fa dona africana que reivindica el seu nom en Kabyé. Vol aprendre espanyol, alemany, anar a l’institut, potser trobar un marit com el seu pare, que és l’exemple que ha tingut a casa: un home que reconeix i admira les qualitats de la seva dona. Lluitarà per no ser una altra Kafui, una noia que un bon dia l’engoleix la foscor del continent. També la idea de futur d’en Samuel, que vol anar a Lomé perquè Kara li ha quedat petita. Vol ser mecànic i fer de taxista amb la seva moto, sol·licitar un microcrèdit, montar un taller de forja. Té ganes de fer coses. El seu amic Marcel també és un personatge esperançador. Amic del missioner, vol estudiar formació professional i és àgil amb proverbis Kabyés; s’agafa les coses amb calma, com li ha aconsellat la seva mare, però al final acaba la pared de rajols que està construint i llegim que fa unes passes enrere “per contemplar la seva obra.” Són exemples de l’orgull que alguns joves de Togo van alimentant: orgullosos del seu país, d’ells mateixos. Que diferent, deia abans, de la idea de futur de Séverin que representa el mal endèmic de l’Àfrica, la perpetuació de l’opressio i la submissió. La que fomenta la corrupció i l’engany. Severin no creu en l’educació del fills com una oportunitat de futur del seu país i maltracta la dona sense cap mena de remordiment. Es mou no per inquietuds o riscos, sinó per interessos i estratègies com “camelar a los curas” i s’aprofitarà dels blancs per “vendre” els seus fills. Tot i així, no sé si amb intenció profètica o amb intenció estètica, l’Anna el fa desaparèixer per uns moments: “saludó sonriente al padre Juan Diego con una breve y remilgada inclinación del cuerpo y se perdió por detrás del pozo en la oscuridad” (68)

En segon lloc, viatjar a Togo amb Mondomwowé ha estat adonar-me que a la gent de Togo per trobar les grans veritats universals, per ser conscients de la transcendència de les coses viscudes no els fa falta la sofisticació d’alguns paràmetres d’auto-coneixement d’occident. Ho fan des de la senzillesa: fent la bugada, en la cabana, cuinant, caminant al mig de la pols. Clarisse, n’és un exemple quan “es va submergir en els seus pensaments” o quan considerava que “convé retirar-se per reflexionar amb tranquil·litat”

Una altra perspectiva ha estat el tractament del blanc i el negre. Les vuit veus negres no tenen prejudicis a l’hora de parlar dels blancs; parlen amb superioritat si cal, amb simpatia o despit; no tenen por de dir “los blancos” En el diari, l’Anna semblava com si no s’atrevís a parlar dels “negros”, ara inverteix la visió: son els negres que diuen “esos blancos”. Em recorda que Togo pertany a l’Àfrica negra. Em torno a situar. Tanmateix, els blancs tenen més a donar, o potser no. El nucli central de la història pot semblar que és la casa missió, la representació institucional del món d’occident blanc i de la religió blanca. I és cert que tothom hi està relacionat directament o indirectament: refugi, educació, feina, consell, negoci, finestra al món de fora, però en realitat està força en un segon pla; Mondomwowé és una obra coral i més de color negre que de color blanc. Samuel diu, (128-129): “¿Qué tendrían ellos que ver con esos blancos? No hacía falta pensar mucho para responder a eso: pues nada de nada ¿Desde cuándo los negros y los blancos han tenido algo que ver? Bueno exceptuando los padres de la misión, claro. Esos eran harina de otro costal. Ellos tenían ya poco en común con los de su propia raza, porque llevaban mucho tiempo viviendo en su país, a esos hubiera tenido que ponérseles la piel negra, entonces el mundo hubiera estado otra vez en orden y cada cual en su parcela”

Situar-se en aquestes coordenades imaginàries de Togo també ha implicat una reflexió sobre la manera en què anem situant i re-situant el nostre propi JO. Això ha estat possible i més fácil perquè hem sigut testimonis de la creació de l’ALTRE. Neixen uns individus que s’havien insinuat en el diari fa cinc anys. Quina sensació deus tenir Anna quan un personatge de ficció que tu has creat parla de tu en el teu text, tu que ets un personatge real. El teu personatge t’ha covertit en un objecte de ficció, l’Anna s’ha convertit en la Laura. Tu et crees a tu.

Em torno a situar gràcies a que l’autora ha anat apuntant les diferències entre el nostre món i el món de Togo: el trànsit, el soroll, el no fiar-se de ningú, hotels de 4* que no ho són, fer les necessitats al carrer com si res, àrees de servei, no hi ha vells, la gent no fuma, no hi ha llum a les carreteres, els contenidors d’escombraries…Però el que ha estat realment determinant per orientar-me han estat les similituds entre els dos mons que l’Anna subtilment ha al·ludit: el maltractament a la dona, opressió política i domèstica, negocis bruts, hipocresia, el poder tan blanc com negre és sempre poder, també l’amor d’uns pares, el record de la mort d’un fill, la inocència dels petits i els somnis dels joves i l’amistad, que és com l’entén en Samuel: la que ens triem nosaltres no la que ens imposen els altres. I al capdevall què importen les diferències si com ens explica l’Anna amb l’exemple dels gats i els gossos (148): “….parece que gatos y perros no sólo se pelean en nuestra tierra”

Torno a mirar la meva carta imaginària. Les coordenades que he marcat al començament juntament amb el text de Mondomwowé i les seves veus de color negre i la seva narradora blanca m’han ajudat a orientar-me a Togo sense haver-hi viatjat mai, ni a cap país de l’Àfrica negra com Mali o Gàmbia per exemple.

I és aleshores quan m’invento una conversa entre en Jordi, l’Anna i jo. L’Anna li pregunta a n’en Jordi: “I tu què hi has vist a Gàmbia, Jordi?”:

Les clavegueres ofertes de Bakau. Els carrers enfangats de barra. Una truja que dorm enmig d’un bassal. Un baobab centenari que talla la línia horitzontal del paisatge mariner. Els carrers vermells de barra. El ferri de Barra a Banjul. De Banjul a Barra. Els colors de les teles. Les cares. L’olor de mar. La gent negra. El verd del riu, del cel, del mar. (fragment del poema Amadou a la carretera costanera de Gàmbia)

(…) La nostalgia dels carrers sense asfaltar, esbudellats. De les tàpies pintades i les cases i les uralites, i els nens que corren pels carrers. (fragment dels poema Sunset)

Els dos fragments pertanyen al  seu llibre de poemas Del Jardí Botànic i altres balades, Editorial Emboscall, Tordera, 2011)

en Jordi pregunta a l’Anna:”I tu què hi has vist a Mali, Anna?”:

El sol rebenta el dia al mateix lloc/on els carrers d’ahir s’han cobert ara/de colors, que atrauen un eixam atapeït/de gent. Entrebacats per verds, vermells i grocs/circulem per boles de sabó I grapats de peix/fumat estès a terra sobre un drap on seu descalç/un venedor endormiscat acompanyat de mosques./Tires de goma negra, recipients de plàstic/i alumini, slasa de cacahuet, erogues cuites, bunyols fregits i carn, herbes medicinals picades/i senceres./I un nen que ho carrega tot en bosses. (poema inclòs en el seu poemari Quadern malià)

I llavors l’Anna em pregunta: “I tu que hi has vist en el Togo de Mondomwowé, Pilar?”

He vist el color de la cirereta vermella i el daurat del cacahuet a la salsa que prepara la Cristine i el color de les teles que venen de Burkina Fasso, també he flairat l’olor de fregit i m’he imaginat la textura de la crema de karité. També he vist un noi negre que se sent orgullós de ser qui és i desafia la mirada d’un llagardaix marguyà que s’ha creuat en el seu camí. He escoltat el plor d’una noia negra que, rabiosa, colpeja amb els punys un arbre de mango i es rebel·la contra la injusticia d’un país que estima i del qual no renunciarà, el portarà en el seu nom malgrat tot: Mondomwowé. I et veig a tu darrera. Crec que m’he situat.
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CÓMO ADQUIRIR MIS LIBROS

1) En la Librería Altaïr, de Barcelona: Gran Vía de les Corts Catalanes, 616 (entre C./ Balmes y Rbla. de Cataluña), 08007 Barcelona
Tel. (34) 933427171
Fax (34) 933427178
Horario de lunes a sábado: 10:00 - 20:30 h
http://www.altair.es/.

2) Librería Laie, de Barcelona, C./ Pau Clarís, 85, Tel. 933181739

3) Librería Lili, de El Masnou (pasaje delante del quiosco de prensa, ante la estación de Ocata)

4) En la Librería Altaïr, de Madrid: C./ Gaztambide, 31 (entre C./ Alberto Aguilera y Princesa), 28015 Madrid
Tel. 915435300
Fax 915443498
Correo-e: altair.m@altair.es
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sábado: 10:30-14-30 h

5) En la Librería Primado, de Valencia, Avda. Primado Reig, 102, Tel. 963616064 (Miguel Morata)
Correo-e: libreriaprimado@hotmail.com
libreriaprimado.blogspot.com

6) Librería Rayuela, de Sevilla, Pza. de la Encarnación s/n. Tel. 954228834
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LISTA DE PRECIOS:

Mi viaje a Togo (Libro de viajes) 18,50 Euros

La ferida en la paraula (poemario) 12 Euros

Mondomwouwé (novela) 12 Euros

Quadern malià / Cuaderno de Malí (poemario) 12 Euros

25 de enero de 2012

PARA ÓBOLO CULTURAL, MI ÚLTIMO SEGUIDOR, MI AGRADECIMIENTO

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Tampoco esta vez nos habían dejado el coche en el garaje Diana. Eran las terceras Navidades que mi hermana había deseado el regalo de sus sueños. El coche hubiera dado a nuestra familia en un periquete el mismo rango de la familia vecina. Bueno, no el mismo, sino incluso superior; mi hermana se pedía un Jaguar rojo y los del cuarto primera tenían un Seat 1400. Pero entre el montón de juguetes no había ningún cartel que anunciara que el Jaguar nos esperaba en el garaje de la esquina. Veía la desilusión pintada en la cara de Natalia y me preguntaba cómo podía ser tan inocente y creerse aún a pies juntillas el bulo de los reyes magos, siendo como era ella tres años mayor que yo. Desde luego no iba a ser yo quien la hiciera bajar de la nube. Hasta que nuestra hermana pequeña se hubiera puesto en la edad de escribir a sus majestades de oriente se nos hubiera cortado el suministro y no era cosa de arriesgarnos a que esto sucediera. Había que seguir manteniendo el chollo mientras se pudiera. La pobre hasta se creía el cuento de que eran los reyes magos los que daban el rebajón a los turrones y al vino dulce que dejábamos en la mesita junto al belén la noche anterior y que eran sus camellos los que se bebían el agua del cubo que poníamos al pie del árbol. Mientras ella seguía ensimismada en su desgracia yo contemplaba aquella exposición de ilusiones entre el despliegue de papeles y cintas de colores desparramados por el suelo delante de la gran ventana del comedor por la que entraba a raudales la luz de la mañana: nuestra vieja cocinita recién pintada, los cacharros de aluminio, los vestidos nuevos para las muñecas viejas, la muñeca nueva con su vestido nuevo y una caja de Juegos Reunidos con los que mis padres se empeñarían en amenizarnos las tardes de los domingos cuando ellos no tuvieran nada mejor que hacer. Dos dos seis siete cinco uno dos. -¿Está Esther? El teléfono parecía de verdad, era igual que el que papá tenía en su despacho y tenía un cable de los modernos, de los enrollados en espiral, pero el mío no era negro.

Los domingos y fiestas de guardar íbamos a misa a la parroquia. No sabía muy bien por qué había que ir a la de las doce, pero era a la que había que ir. A esta hora la iglesia se ponía a rebosar y había que apretarse en las hileras de los bancos para que pudiéramos sentarnos todos. Aun así, en la parte trasera se aglomeraban los que no habían conseguido asiento o no habían querido conseguirlo para poder quedarse junto a la puerta y salir a fumar cuando les diera el apretón o a airearse cuando el sermón se hiciera demasiado largo. Casi todos los que se quedaban al fondo eran hombres. Las mujeres se las apañaban para colocarse siempre en buen lugar, sobre todo aquellas que querían lucir sus pieles o sus joyas, que eran la mayoría. Había en la disposición del público asistente una curiosa ordenación de mayor a menor en función de los abrigos de pieles y los sombreros y guantes que llevaban. Así las filas más cercanas al oficiante y al altar eran ocupadas por señoras y caballeros de la mejor sociedad cuya representación iba diluyéndose entre la medianía en sentido decreciente. Con frecuencia a los niños nos tocaba por vecina una de estas peripuestas señoronas, que eran nuestro entretenimiento en aquellas largas y aburridas sesiones que habían de garantizarnos el cielo. Mis ojos quedaban justo a la altura de las manos de los adultos, que descansaban en el apoyabrazos del reclinatorio de delante. A mi lado el color rojo brillante del esmalte de uñas atraía aún más la mirada hacia lo que ya de por sí era todo un espectáculo: un muestrario de joyas cargadas de colgantes se aseguraba protagonismo con su insistente tintineo cada vez que había que persignarse, o cuando, en verano, la mano abría o cerraba repetidamente el abanico. Aún recuerdo el susto mayúsculo y la repulsión que experimenté la primera vez que, al levantar la vista, vi una pequeña cabeza de animal y unas patitas colgando de una estola de piel a un lado y a otro del cuello de una de aquellas mujeres. Pasado el tiempo, cuando en los cines estrenaron la película 101 dálmatas, sabría que aquellos personajes habían de estar directamente emparentados con Cruela de Vil.

Colocarse en el último tercio de la zona de los bancos tenía sus ventajas. Al terminar la misa papá era de los primeros en salir, mientras que mamá se detenía a saludar a conocidos y vecinos. Yo me alegraba de poder seguir a papá hacia la libertad. Fuera me sentía más segura y observaba en la distancia la puesta en escena final del espectáculo: el mosén rector de la parroquia, que era quien celebraba la misa de las doce, se había quitado en un santiamén el alba y en traje de faena, su sotana negra, ya estaba plantado en la salida con el cepillo apoyado en su orondo barrigón, dando la mano con sonrisa remilgada, saludando y despidiendo a sus queridos feligreses, más o menos queridos, según. Recuerdo el especial aprecio que le tenía el mosén a nuestra vecina, la señora Mistral. La señora Mistral vivía justo en el piso de encima del nuestro. Pasaba largas temporadas fuera, en su otra casa de no recuerdo qué ciudad. Que yo supiera, no era viuda, tenía marido, aunque éste debía de estar muy ocupado porque nunca aparecía por allí. La señora Mistral era una de aquellas feligresas a las que el mosén quería mucho. No estaba en el barrio el año entero, pero cuando estaba, estaba, y compensaba con creces sus prolongadas ausencias. Era además una de esas almas caritativas que cumplían con lo que había que cumplir: presidía la mesa de acción católica cuando se recogían limosnas para los pobres negritos de África y hacía entrega de los regalos de reyes a los niños del hospicio, a los que besaba en un gesto de magnánima caridad. Era verdad, salía en las fotos de la hoja dominical. Hasta tal punto era buena que no nos extrañó nada que un buen día apareciera por casa con una niña del Cotolengo a la que había adoptado. A mí me sorprendió mucho el aspecto humilde de la niña. Lo de la adopción significaba que era su hija, ¿no? Pues debía de ser que no, porque en general una madre rica tiene una niña rica y una madre pobre tiene una niña pobre. Algo no encajaba en todo aquello, pero ya se sabe que el mundo de los adultos no se acaba de entender. Poco después entendí un poco más cuando mamá comentó que nos había invitado precisamente a nosotras a jugar con la niña porque a nosotras nos tenía por más cercanas a la categoría de la huérfana que a las chicas del cuarto primera, que eran más o menos de nuestra misma edad, a las que, sin embargo, ni se le había pasado por la cabeza molestar. Por edad era yo la que le correspondía a la niña adoptada, pero no recuerdo haber jugado nunca más con ella ni tampoco haberla visto ninguna otra vez. Más tarde pensé que probablemente a la señora Mistral la niña no le había parecido lo suficientemente digna de su benevolencia, porque de todo lo que nos contó comprendí que la tenía como en período de prueba, o algo así.

(Fragmento del primer capítulo de la novela Aquellos años grises, inédita)

17 de enero de 2012

PARA ELISABET J. B., MI ÚLTIMA SEGUIDORA, MI AGRADECIMIENTO

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Para Elisabet J. B., un capítulo de mi última novela, Mondomwouwé (Barcelona, 2011), inspirada en Togo (Àfrica occidental), a modo de bienvenida a esta tertulia literaria:

SÉVERIN Y THÉRÈSE 

“¿Oyes lo que te digo?”, repitió Séverin a su mujer con voz airada. No se te ocurra insinuar ni una vez más que soy un manirroto y voy tirando el dinero por ahí. Además, sabes bien que me lo gano, ¿quién consiguió el trabajo de vigilante nocturno, eh? Thérèse seguía aparentemente impasible, enjuagando y estrujando la ropa que aún quedaba en la jofaina. Con los ojos fijos en el agua y el torso desnudo, desmayado sobre la palangana jabonosa, removía y estrujaba, calmosa pero con brío, cada una de las piezas que iba amontonando sobre la piedra justo al lado del recipiente. Hubiera dado cualquier cosa por no tener que seguir escuchando aquella voz odiosa que le martilleaba los oídos desde hacía demasiados años. Nunca había encajado con indiferencia los ex abruptos de su marido. Se le tensaban los músculos de todo el cuerpo y se le electrizaba el vello cuando él se le acercaba. No soportaba su olor ni sus ademanes, ni la mirada lasciva que le dedicaba cada vez que el cuerpo le pedía sexo y la forzaba. Entretanto él tenía que saber que había sido ella quien, tres años antes, había recurrido a los misioneros para suplicarles un empleo para su marido. Entonces Thérèse tenía la esperanza de que al menos una ocupación le impidiera gastar en los bares de alterne el poco dinero que ella ganaba para que los más pequeños pudieran ir a la escuela. Aquel hombre era un pozo sin fondo, nunca tenía bastante. Los padres le habían conseguido trabajo y vivienda, pero él había visto en aquel privilegiado techo la oportunidad de una fuente adicional de ingresos, decidió alquilarlo y obligó a la familia a quedarse en su miserable chabola, ampliada con retazos de plástico duro y recubrimiento de uralita. Y ahora le venía con el cuento de que se presentaba la ocasión, por segunda vez en poco tiempo, de deparar a uno de sus hijos una vida digna y llena de comodidades en España -así lo planteaba él-, si conseguía convencer a aquellos blancos que se habían presentado por sorpresa en la comunidad de que adoptaran a uno. No era difícil, decía. Al menos eso era lo que pensaba la gente. Ahora entre los europeos se cotizaban alto los chavales de otras razas. Aquel hombre no se arredraba ante nada con tal de disponer de más dinero para él. Thérèse se incorporó lentamente con la ropa escurrida en la jofaina. “¿Oyes lo que te digo?”, alcanzó a escuchar una vez más antes de desaparecer por detrás de una de las pocas paredes de cemento.

         Nos levantamos a las siete y media. Tenemos la intención de visitar las instalaciones donde los amigos del Centro tienen los talleres de formación profesional. Después iremos a comprar al supermercado y, de camino, llamaremos a casa.

        Los chicos están trabajando desde las 7.00 h. Aquí pueden aprender las profesiones de carpintería, albañilería, y soldadura y forja del hierro. Para mujeres también hay talleres, pero éstos están en el Centro de Formación Femenina y la administración es independiente de la suya.

       En las enormes naves donde los alumnos hacen prácticas hay una actividad febril. Es digno de admiración con el calor tan desconsiderado que hace. Me viene a la mente que en Alemania se suspenden las clases en las escuelas cuando, en las estribaciones del verano, unas temperaturas muy alejadas de éstas empiezan a hacer difícil la concentración en las tareas escolares. Hitzefrei lo llaman, “libre por motivo del calor”.

       Vamos en busca de Vicent para informarle de que pasaremos por el supermercado. Quizá necesite algo que nosotros podamos traerle. Delante del taller de forja del hierro un joven nos da conversación y nos explica que él se acaba de diplomar y que está muy contento; ahora es el encargado de uno de los módulos donde se alojan los alumnos. Nos dice que antes de que llegaran los padres salesianos los jóvenes de Kara no tenían futuro. Ahora, en cambio, aprenden un oficio y después encuentran trabajo. A él le han cambiado la vida, dice. 

       Nos acercamos hasta donde trabajan los aprendices de carpintero. Allí está Vicent, hablando con dos monjas: Carmen (española de Burgos) y Consuelo (de un pueblo de Togo). Ellas se dedican a la enseñanza. Son marianistas. Tienen a su cargo una escuela mixta –unos trescientos alumnos- y un internado femenino. Carmen lleva cuarenta años en Kara; ella y otra compañera con la que fundó la escuela. Estamos de suerte. Nos llevan en su coche hasta el supermercado. Esto nos ahorra el sudor de un camino de tres cuartos de hora. El supermercado queda muy lejos. La vuelta será dura.

       El súper está al lado de la pizzería donde cenamos ayer y pertenece al mismo propietario. Aquí en Kara es la única tienda montada según el modelo de un supermercado europeo. Pero las diferencias son más obvias que las coincidencias. El local es muy pequeño y las estanterías muestran una gama de productos a buen seguro más que suficientes, pero de muy poca variación para nuestras costumbres de lujo. Casi toda la mercancía es importada. En el mostrador frigorífico tienen congelados, embutidos y carne fresca. Todo ello en cantidades muy limitadas; aquí los clientes son escasos en cualquier tienda, y más aún en una tienda como ésta. En el mostrador refrigerado hay una bandeja con cuatro o cinco costillas de cerdo. Se ven frescas, pero la pieza de carne de buey resulta muy desagradable a mis privilegiados ojos.

       En la caja una empleada ha cogido nuestras bolsas y nos ha acompañado hasta la calle. Nos miraba esperando un gesto nuestro que le indicara dónde teníamos aparcado el coche. Le hemos dicho que íbamos andando. Aquí esto sorprende, no se lo esperan de gente como nosotros. Para hacer más llevadero el calvario del camino hemos comprado una botella grande de agua mineral muy fría. Hemos llegado calados de sudor.

       El almuerzo en casa es a las 12.30 h. La mesa ya está puesta. Como no es día festivo, cocina Malik, el cocinero de la comunidad. Libra sólo los festivos.  Hoy tenemos ensalada verde con tomate, cebolla, aguacate y huevo duro. De segundo estofado de lentejas. Malik también nos trae a la mesa el arroz sobrante del domingo, el que habíamos cocinado nosotros con verduras. De postre, macedonia de frutas; buenísima.

       Malik no come con nosotros. Él sirve la mesa, friega los platos y, cuando termina su trabajo, se marcha a casa.

       Lo de hacer de marqueses hasta este punto a Álex y a mí no nos va; nos sentimos incómodos. No es nuestro estilo. ¿Quizá pudiéramos colaborar, ayudarles en algo? Juan Diego promete encontrarnos ocupación y se le encienden los ojos con una chispa diabólica cuando de repente se le ocurre que podríamos trasladar hasta la casa los sacos de cemento que necesitan para unas reformas y preparar la mezcla para los albañiles. Todos se divierten un motón a nuestra costa. Yo no entiendo por qué. ¿Acaso pensaban que no íbamos a poder hacerlo? De momento Álex ya ha acordado con Vicent que harán prácticas con el Access y yo me he ofrecido para dar clases de español.

       Álex se ha ido al despacho de Vicent a eso de las 15.00 h. Deben de haber pegado la hebra porque son las 17.25 h. y todavía no ha vuelto. La clase de español que me he comprometido a darles a Marcel y a Clarisse tenía que haber empezado a las 17.00 h., pero Marcel no se ha presentado. Es muy raro, parecía realmente interesado... .

       Oigo que alguien llama tímidamente a nuestra puerta. Es Marcel. Viene muy sudado. De la frente le cae a raudales el sudor por toda la cara y respira con agitación.

       Después de la clase Álex me cuenta que Vicent le había encargado no sé qué cosa en el último momento y que el chaval, después de liquidar aquel encargo, había salido a toda prisa. Más tarde le digo de broma a Vicent que me desquitaré, que alargaré mi clase de español con Marcel cuando él lo esté esperando a la hora de la catequesis. Se queda tan ancho y responde tranquilamente: “Bueno, él se lo perderá”. Este Vicent tiene guasa.

       Cenamos juntos. Malik ha preparado ensalada de pasta con trozos de una especie de salchicha de Frankfurt –dice que es de pollo-. Bebemos agua y vino peleón de tetrabrik, que los amigos trasladan a una botella de cristal, “así parece más refinado”, dicen riendo. El vino es de marca Don García, que se ve por todas partes. Fresquito entra de maravilla. De postres, fruta variada. Rafael se dispone a comerse un mango de los silvestres, de los que no están injertados. Tienen mucha fibra y son más incómodos de comer, pero él afirma, rotundamente, que son más gustosos. Cuando lo dice ya se prepara mentalmente, porque a todas luces se le hace la boca agua. Pone la directa, se disculpa de antemano y sin más preámbulos anuncia lo que ocurrirá a continuación de modo inevitable: se comerá un mango “como los cerditos” y se pondrá perdido. Los ojos le bailan sólo con imaginarse el enorme placer al que se entregará de un momento a otro. Con el cuchillo hace una pequeña incisión en un extremo, se lleva el fruto a la boca y sorbe con cara de delirio. Me recuerda las descripciones gastronómicas del detective Carvalho, el de las novelas policíacas de Manolo Vázquez Montalbán. Rafael sostiene una lucha feroz con los largos hilos del mango para apurarlos hasta el final; van saliendo continuamente de la pulpa, de color amarillo intenso. Termina la operación levantando las manos, que ahora tiene empapadas y con los dedos pringados de la masa amarilla. Parece querer decir: “No tengo la culpa de nada”. Se levanta volando de la mesa y se va al lavabo a adecentarse. Álex y yo, que le hemos ido imitando en todo el proceso, esperamos nuestro turno con las manos en alto. Juan Diego ha sido más civilizado; él se ha zampado medio mango de los otros –de los que no obligan a protagonizar ningún espectáculo- y Vicent ha hecho un pequeño homenaje a la macedonia del mediodía. Hay quien toma café; Vicent su infusión de hierbas. Para él es un ritual sagrado, que no perdona.

       Después de cenar –a las 20.30 h.- tienen por costumbre encontrarse fuera con los internos para la última oración del día, antes de acostarse. Salimos. Los jóvenes esperan sentados en unas gradas circulares que hay justo al lado de la casa de los amigos. Es Juan Diego quien cierra hoy la plegaria con la habitual reflexión del día. Lo hace de un modo muy sencillo, muy sentido y auténtico: la oración no se limita al conocido ritual, sino que hace referencia a los acontecimientos de la vida cotidiana de la comunidad. La reunión concluye con oraciones y cánticos.

       Antes de acostarse Rafael saca unas sillas y se sienta un rato al “fresco” (es un decir), delante de la puerta, y charla con los niños de las barriadas vecinas, que siempre andan dando tumbos por allí. Nos invita a acompañarlo y lo hacemos. La expectación que despierta nuestra extraña presencia atrae a muchos de los internos, que buscan el momento oportuno para hablar con nosotros. Despertamos su curiosidad y estimulamos su imaginario. Saben que venimos del país de sus sueños. Pero los mayores –con excepción de Marcel- no tardan mucho en retirarse a los correspondientes pabellones y nos quedamos con dos chavalillos de unos nueve o diez años, que literalmente hacen vida en el jardín del Centro. Como ellos, otros chicos de similar edad andan siempre por el jardín. Normalmente no se les ve jugar ni relacionarse entre ellos. Se tumban o están sentados en los bancos de piedra que hay en el porche de la casa de la misión, solitarios, inactivos. No son niños abandonados, su familia vive en la barriada vecina y van a la escuela. Pero pasan las horas muertas esperando que se deje caer por la casa alguno de los cuatro misioneros o sus visitas. Entonces saludan, se levantan de un brinco para acompañarles dos o tres pasos y, cuando ellos desaparecen tras la puerta, vuelven a donde estaban. Cuando entramos al recinto al regresar de nuestros paseos por la carretera, siempre aparece alguno de repente a nuestro lado sin que podamos ni intuir de dónde ha salido: “Bon jour, Bon soir. Bonne arrivée, ma sœur ». No dicen nada más. Simplemente nos acompañan, caminan junto a nosotros, mudos, hasta donde vayamos –un breve camino de dos o tres minutos-. “Au revoire”. Para ellos esta casa y todo lo que se relaciona con esta casa es el punto de referencia más importante. En algunos casos debe de ser prácticamente el único. No se separan de los religiosos. Respirar el mismo aire que ellos respiran es vital. En el despacho de Vicent siempre hay alguno de estos chicos. Se conforman con estar sentados cerca de él y mirar como trabaja. Vicent les sirve de faro y de vez en cuando les da algún pequeño encargo, una responsabilidad. Uno de los chiquillos se ha especializado en abrir y cerrar con llave la puerta del taller donde Vicent tiene su despacho. Aparte del propio Vicent, sólo él lo consigue. Se trata de una complicada operación. Parece que estos niños contaran los minutos que les faltan hasta cumplir la edad necesaria para acceder a la formación profesional. Teóricamente no los admiten hasta los diecisiete o dieciocho años, pero hacen algunas excepciones considerando las circunstancias familiares. 

       Los chavales están de guasa con Rafael y pasamos un buen rato. Son muy inocentes y dulces. Fuera reina la oscuridad más absoluta.
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© Anna Rossell

(capítulo de la novela Mondomwouwé, Barcelona 2011.

Si os interesa adquirirla la encontraréis en la librería Altaïr -de Barcelona o de Madrid y en la librería Primado de Valencia-).